La sibilia de Agustina Bessa-Luís


El libro

Cuando busco buenas lecturas para seguir practicando con el idioma de nuestro país vecino, acabo siempre topando con listados de "los mejores libros de la literatura portuguesa". Entre los conocidos Camões, Eça de Queirós y Pessoa (quienes, ciertamente, me asustan), he acabado descubriendo a la reverenciada Agustina Bessa-Luís (1922), cima de las letras lusas del s.XX.

Curiosamente resulta casi inencontrable. No sólo es que en España, a pesar de convivir codo con codo, resulten más accesibles otras literaturas como la alemana o la italiana, sino que en su propia patria brilla por su ausencia. Mi pareja estuvo de vacaciones en Oporto y Lisboa este julio y se topó con que la novela de La sibila estaba descatalogada.

¿Nos imaginamos aquí algo similar con La colmena de Cela o La Regenta de Clarín? Y online, tanto en un idioma como en otro, lo único que pude hallar fue una edición traducida de Alfaguara de 2005 vendida en Amazon por la friolera de ¡345 euros! Madre del amor hermoso... No hace falta decir que ésto reavivó mis ansias por leer tamaña joya.

Para todos los que abominan de lo público, diré que encontré ese carísimo ejemplar en una biblioteca de Barcelona. Lo cogí en préstamo en julio, a sabiendas del truco veraniego del lector avezado que no olvida que la mayoría de bibliotecas cierran en agosto y el plazo de entrega se alarga todo un magnífico mes extra. Mi desgracia fue que la novela no es lo que esperaba.


La novela

La sibila de Bessa-Luís es una obra dura de leer. Es difícil y árida, sin pizca de humor. Tiene un léxico amplio y complicado, y unas oraciones kilométricas que fluyen con tantos meandros que es fácil marearse y ahogarse en cualquiera de ellos. Relata la historia de una familia de la burguesía rural, los Texeira, cuyo hilo vertebral es la biografía de Joaquina Augusta, apodada "La sibila".

Mis antecedentes bibliográficos de adolescencia me invitaron a crearme una imagen falsa de lo que podría ser. El título me condujo a Rayuela, y la saga familiar me retrotajo a Cien años de Soledad. Evidentemente, nada tienen que ver. La sibila es una novela realista-naturalista que, según he leído, no se ajusta a los patrones del género, pues su objetivo no es radiografiar sino "ser inabarcable".

Su estructura me recuerda a los comentarios que he leído sobre En busca del tiempo perdido, todavía en mi lista de pendientes. Cada frase de la obra magna de Bessa-Luis es una chispa que puede prender la llama de la memoria del narrador. Puedes estar concentrado en una oración de párrafo completo, parpadear y encontrarte metido en la vivencia de otro personaje.

No da tregua al lector. No puedes descansar, ejercitar una lectura distraída ni en media páginas. Uno se pierde. Sea porque mi capacidad de atención y mis dotes de lectura han mermado considerablemente desde la universidad, sea por el alambicamiento de la prosa de la autora, me he visto claramente superado y hastiado.

A partir de la mitad del libro, me rendí. Aprehender todas esas figuras de tinta me empachaba y me amargaba. Como ha sido el segundo libro de este secarral lector llamado 2017, me empeciné en terminarlo a disgusto. Desde la página 150, ejercité la lectura en diagonal, quedándome únicamente con lo esencial; y aún así, debía volver constantemente sobre mis pasos.

Llegué a la última página con desencanto. No he conseguido encontrar nada que me atrape. He visto detalles de la visión de las mujeres sobre ese mundo que no aparecen en ficciones de hombres (el sometimiento a maridos inútiles y violentos, las envidias varoniles al éxito de las mujeres), pero poco en cuanto a la fascinación literaria de la que esperaba gozar.

El relato de Bessa-Luís es la realidad del campo en toda su dureza y banalidad. Hasta el apodo que bautiza la novela es fruto de los cuchicheos del pueblo, que le atribuyen unos supuestos poderes a la protagonista a causa de unas fiebres de juventud. En ningún momento la historia defiende este don, ni le destina más relevancia que a sus menesteres como patrona de la casa que administra.

Llegué a pensar que la complicación de la escritura de la autora lusa pudiera estar en la traducción. Una reseña de Dolores Vilavedra para El País parece darme algo de consuelo: "Lástima que no se aprovechase esta nueva edición para revisar la traducción (publicada por vez primera en 1981), lastrada por una evidente falta de finura estilística y por errores incomprensibles".

He constatado el equívoco en la traducción que menciona, pues, a todo esto, mi pareja consiguió encontrarme el libro en portugués en una librería de segunda mano de Oporto por unos humildes cinco euros. Albergo la ilusión de poder llegar a leer La sibila en su lengua original, y entenderla y apreciarla mejor. Hasta entonces, su lectura sólo puedo calificarla de sufrimiento innecesario.

El próximo verano, sin duda, optaré por una lectura más ligerita...

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